Las páginas que el lector tiene entre sus manos no son únicamente el recuento de una vida individual, sino el testimonio de una generación. En ellas se reconstruye la historia del profesor José Claro Simental López, maestro rural formado en una época en la que educar era también construir comunidad, abrir caminos y enfrentar riesgos constantes.
Hablar del profesor José Claro Simental López es hablar de una forma de ejercer el magisterio que hoy resulta difícil de imaginar. En las décadas de 1930 y 1940, el maestro rural no era únicamente un educador. Era gestor, constructor, promotor social y recurso vital en emergencias.
Nació el 12 de agosto de 1912 en San José de Gracia, Zacatecas. Su padre encontró una fortuna en monedas de oro, pero la prosperidad atrajo bandoleros. La familia huyó a Durango, donde José Claro trabajó desde niño y estudió con calificaciones perfectas.
A los 15 años obtuvo su primera plaza estatal. Corría una hora para llegar a la escuela, atendía niños en dos turnos y clases nocturnas para adultos. Organizó la formación de un ejido. En 1950 ingresó al magisterio federal.
Vivió en un jacal de carrizo, la escuela estaba infestada de alacranes. La quemaron y dieron clases bajo árboles usando losas del arroyo como pizarras. Enseñó a la comunidad a hacer adobes y construyeron un nuevo salón.
Lo llamaban el "caballito de batalla". Organizó ejidos y una hacendada puso precio a su cabeza. Durmió en arroyos para evitar a los cristeros. Su escuela fue incendiada. Se casó en 1956 y un comprador murió buscando un tesoro.
Aceptó quedarse con una condición: construir una escuela digna, y atendería todas las picaduras de alacrán. Atendió a cientos de personas, ninguna falleció. El director lo defendió: "¿En cuánto valorizan la vida de una gente?"
Obtuvo una plaza de director técnico en la SEP. En Vicente Guerrero instaló agua, electricidad y pavimentó el patio. Gestionó la reconstrucción de una presa. Nació la primera secundaria de la región, donde impartió Biología sin cobrar.
Dibujó un croquis de una escuela de dos pisos con 24 salones. Consiguió 5 millones de pesos adicionales. Gestionó agua potable para una colonia. En cinco años, participó en la construcción de cinco escuelas federales en Durango.
Fue elegido primer secretario general del Sindicato de Jubilados. Impulsó que calles llevaran nombres de maestros. Trabajó como extra en 22 películas, escribió 80 guiones y publicó un libro de recitaciones. Tuvo 9 hijos.
Con el paso del tiempo, muchas condiciones han cambiado. Pero esos avances no surgieron de manera espontánea: fueron resultado del trabajo acumulado de personas como él. Su historia deja ver que el impacto de un maestro no se mide únicamente en generaciones de alumnos, sino también en las estructuras que ayudan a construir.